WICKED

Wicked es una historia de brujas en un mundo fantástico. Un mundo que tiene sus referencias estéticas y formales en la extraordinaria película El mago de Oz, rodada en 1939, y en las abundantes descripciones que aparecen en las no tan conocidas novelas de L. Frank Baum escritas a principios del siglo xx.

Cuando me llega el encargo para hacer el diseño del dispositivo escénico de Wicked, hay que saber que ninguna de las soluciones que se planteen puede recordar ni acercarse al montaje original que se está exhibiendo en Londres desde hace 15 años con enorme éxito. Esta circunstancia supone un gran desafío y, todo sea dicho, una extraordinaria oportunidad para poder plantear alternativas lejos de las ya conocidas y comprobadas fórmulas de la propuesta original.

La historia de Wicked se adentra en la fantasía del mundo de El mago de Oz, un cuento aparentemente familiar con un trasfondo político muy profundo, que, ya en el momento de la publicación de las novelas originales, se valoró como una metáfora de la compleja situación de la sociedad norteamericana del momento.

La obra presenta un mundo extremadamente feliz desde que el Mago llegó en globo y empezó a mandar en el país. Un personaje al que nadie conoce pero al que todos rinden devoción y que vive en Ciudad Esmeralda. A través de la protagonista de la historia, descubrimos como se organiza el sistema para crear un estructura dictatorial a través de la manipulación y el control de los habitantes de Oz.

Este montaje de Wicked, dirigido por David Serrano, plantea lo formal como elemento de manipulación y la magia como mecanismo de distorsión. El reto consiste en inventar un mundo de Oz en el que sea creíble una realidad amable, inocente y mágica, y otro mundo, el de Ciudad Esmeralda, luminoso, brillante y al mismo tiempo amenazante. No hay una época dominante pero sí una apuesta clara por unos elementos significantes que hagan referencia a unos códigos que resuenen en el imaginario del espectador: todos y cada uno de los elementos son reconocibles pero utilizados y manipulados de una manera nada convencional, inventando un código de significados propios para una sociedad imaginada.

De esta forma, se propone el país de Oz como un espacio cubierto de vegetación y flores de luz, organizado por elementos arquitectónicos que definen un lugar mágico, habitado y cotidiano. Un entorno abierto y cambiante en el que irán apareciendo la multitud de espacios en los que se desarrolla la acción: la casa del Gobernador, la Universidad de Shiz, la habitación de Glinda, el salón de baile, etc. En cada uno de estos espacios se busca potenciar la mecánica del teatro para crear la sensación real de que la propia aparición de los elementos forma parte de la magia misma de una realidad no convencional. Es decir, que hay un esfuerzo por buscar una dramaturgia de los cambios ágil, expresiva y dinámica, mediante un sistema de elevadores y plataformas diseñados específicamente para la producción.

Cuando nos trasladamos a Ciudad Esmeralda, se muestra una sociedad aún mas extrema en su expresión de la felicidad, de la perfección. Un enorme paisaje de vidrieras de luz, el lugar en el que habita el Mago, un profeta al que nadie ha visto pero al que todo el mundo venera incondicionalmente. La expresión del Mago es una gran máscara mecanizada de un bebé-general del ejército que organiza esa inmensa felicidad que distribuye entre sus súbditos, y que esconde una realidad infantil, mezquina y manipuladora.

Se trata de una compleja trama política narrada con un formato de fábula fantástica.